50 aniversario del Partido Radical
El partido “insopportabilmnente” nuevo y diferente.
EL 11 de diciembre de 1955 es la fecha oficial de nacimiento del Partido Radical. El semanal Il Mondo, fundado y dirigido por Mario Pannunzio, dio noticia de la constitución de un “Comité ejecutivo provisional” del nuevo partido, formado del mismo Pannunzio y de Leo Valiani, Bruno Villabruna, Nicolò Carandini y Leo Piccardi. El congreso que siguió de ello, celebrado en el cine Cola di Rienzo de Roma estibado de más de 2000 personas, suscitó grandes esperanzas, reavivando la eterna ilusión de una moderna burguesía ilustrada, laica, capaz y ambiciosa de entregarse a la guía del país. Marco Pannella insiste en recordar bastante aquellos primeros días de marzo de 1956, cuando exponentes de la nueva formación (incluido él) se reunieron para elaborar programas y proyectos. A los objetivos de nuestro reconocimiento, son particulares, no esenciales. Más interesante, en cambio, puntear el contexto en el que se colocó el inédito sujeto político. Europa no se había restablecido completamente de las desmesuradas ruinas de la guerra, el Plan Marshall sólo fue acabado en el 1951. El brazo de hierro entre EE.UU. y la URSS siempre mantuvo inminente la amenaza de una guerra nuclear pero la muerte de Stalin en el 1953 y la “relación Kruschev” sobre las gamberradas del dictador puso en crisis el bloque soviético: en el 1954 acabó en efecto la guerra de Corea y en el 1956 tuvieron lugar las revueltas polacas y húngaras, ocasión de las primeras importantes deserciones del PCI togliattiano. Acontecimientos complejos, que introdujeron pero ocasiones positivas en el cerrado panorama de la Guerra Fría.
El contexto y los dos nombres
Italia estaba gobernada entonces por una coalición de centroderecha, que hacía gozne sobre la Democracia Dristiana y con la participación orgánica del Partido Republicano de Hugo La Malfa, de los liberales a su modo renovados con la asunción de la secretaría de parte de Giovanni Malagodi (1954), y de los socialdemócratas de Giuseppe Saragat. El liberismo gubernativo (con el correctivo del así llamado Piano Vanoni del 1954) estuvo bien o mal encaminando lo que fue llamado el “milagro económico”, pero la sociedad civil probó malestar, en un clima de cierres que fueron en parte legado fascista pero también el peso de una petulante presencia clerical. Las izquierdas, sueldan en un bloque sometido por el PCI, en el que los socialistas de Nenni trabajaron para expresar su identidad, pero no pudieron aspirar al gobierno a causa del PCI, ideológicamente integrado en el bloque soviético. No vino en todo caso tampoco hipotetizada una alternancia bipolarista o bipartidista, desconocida para una cultura política nacida y elaborada en el continuismo de lo que Pannella habría llamado “régimen”, el régimen antiliberal de ochenta años de historia italiana: todavía después de los hechos de Chile, Berlinguer remachó que no se puede gobernar con sólo el 51 por ciento de los sufragios, principio básico de las democracias occidentales. En este contexto vino madurando la idea de un partido de moderna economía liberal, francamente europeo y filoamericano, de fuerte caracterización laica. Fue el Partido Radical, apunto. Nació (pura y superficial coincidencia con hoy mismo) gracias a la confluencia de miembros del PLI (los “liberales de izquierda”) y fuerzas de izquierda democrática. Los parecidos con la actualidad acaban aquí (aparte en todo caso de la diversidad del símbolo, la cabeza del Marianne con el gorro frigio de entonces, y la rosa en el puño de hoy) porque su clase dirigente no supo ir hasta el final con respecto de sus mismas premisas y promesas. Los brillantes congresos de los “Amigos del Mundo” no tuvieron continuidad política y el impulso laico flaqueó en una inutilidad abandonista. En el 1962 aquella clase dirigente se disolvió para desperdigarse en formaciones (socialistas y republicanos) interesadas al centroizquierda DC-PSI entonces en formación. Cinco años después, en el 1967, tras la enérgica iniciativa de los treintañeros que tomaron en mano el partido, se encaminó el campo divorcista, empezaron a emerger otras grandes batallas laicas y liberales como la objeción de conciencia o el aborto y se enfrentó en sentido antiprohibicionista la cuestión de la droga.
El nombre del partido del 1955 fue, “Partido radical de los liberales y los demócratas italianos” para ser precisos. Pero fue denominado, sencillamente, “Partido Radical”, como quisieron Mario Ferrara, el mismo que deseó la llegada de un “loco” que sacudiera a los liberales de su inercia o el Marco Pannella que preparó de ello la llegada creando, en oposición a Malagodi, la “Joven izquierda liberal”. Pienso también gustara al salveminiano Ernesto Rossi. Inicialmente contrario a la fundación de un partido y antes favorable en cambio, junto a Guido Calogero, a la constitución de un movimiento alborotador de programas sobre el modelo fabiano, Rossi trabajó para hacer confluir en la nueva formación energías diferentes de las procedentes del PLI y no propensas a fundirse en una pequeña herejía liberal. En esta se encontraron Leo Valiani, Mario Boneschi, Guido Calogero, Mario Pajes y Vindice Cavallera, todos ex accionistas, además de Leopoldo Piccardi, procedente de Unidad Popular. Indudablemente, en cambio, el empuje inicial fue imprimido por los liberales vecinos al Mondo. EL 11 de diciembre dieron sus dimisiones del partido malagodiano, creído demasiado atado a los intereses confindustriales, el vicedirector Vincenzo Arangio Ruiz y luego, entre los otros, Vittorio de Caprariis, Mario Boneschi, Leo Cattani, Amigo Olivetti, Francesco Compagna, Eugenio Scalfari, Paolo Serini, Bruno Villabruna, junto a intelectuales como Vittorio Lugli, Giovanni Enriquez, Arrigo Benedetti, Carlo Antoni, Raffaello Morghen, etcétera. Pero, junto a los del “Mondo”, a Rossi y a sus amigos, también hubo un fuerte grupo de “jóvenes” procedentes de la experiencia del Unuri y el Ugi, las organizaciones estudiantiles entonces muy fuerte e influyentes también fuera de las universidades. Contó con nombres como los de Marco Pannella, Franco Roccella, Lino Jannuzzi, Gianfranco Spadaccia, Sergio Stanzani, Massimo Teodoro, Giovanni Ferrara, Paolo Ungari, Stefano Rodotà, etcétera. Fueron los más convencidos de la operación, elaboraron consistentes trozos de teoría del nuevo partido: Roccella vino agitando la fórmula de la “unidad laica de las fuerzas”. (atención: no “unidad de las fuerzas laicas”) pudo ser el grupo de repuesto, pero el simple adhesivo generacional no funcionó.
Los programas de aquel partido fueron ambiciosos, bien sintetizados en el eslogan: “Un partido nuevo para una política nueva”. Años después, Pannella observará que en aquel entonces, y por algún tiempo, se entrevieron los contornos de una política nueva. pero el “partido nuevo”, por como se vino plasmando en el efectualidad de la gestión cotidiana, no llegó y no habría nacido nunca. También yo estaba inscrito al PLI, pero sin frecuentarlo. Me apasionó más el Movimiento Federalista europeo de Altiero Spinelli dónde sin embargo circularon muchos que serían militantes del Partido Radical y miembros, sean incluso por un breve tiempo: Pannella o Spadaccia, los hermanos Aloisio y Juliano Rendi, Federico Bugno, Franco Sircana o Gerardo Mombelli. Me paraba por la redacción del Mondo, a llevar mis artículos. Las aproximadamente diez mil copias del semanal pesaban. El Mondo fue la bestia negra sea de las derechas sea de las izquierdas. Insobornablemente laico y “accionista”/activista de entrada, demasiado europeos, infecto de reaccionarismo burgués para los sindicados, las izquierdas, el PCI. Sus investigaciones (sobre todo las de Ernesto Rossi, sobre los temas económicos y sobre la Iglesia pacelliana) fueron moderno y eficaz periodismo: interpretaron además la ”cuestión meridional” como cuestión europea, sustrayéndola a las fabulacione del Resurgimiento traicionado y la revolución campesina agitados por las izquierdas o a las mitologías arcaizantes de los católicos o el Cristo “no global” de Carlo Levi, parado en Eboli por las nenias de las plañideras estudiadas por Ernesto De Martino. Los más carismáticos entre los del Mondo, Pannunzio y Carandini, fueron figuras solares, quizás un poco tontas en sus valoraciones sobre aquella Italia que elaboró el luto del fascismo asumiendo como oficiantes a sus herederos: continuatori, por parte progresista, de la “Primacía” bottaiano o de las revistas florentinas de la “izquierda fascista” tipo Berto Ricci y, por parte de la derecha, del triunfalismo concordatario -con vuelta a las sanas tradiciones itálicas- de “Portada”, la revista de los primeros ejercicios herméticos queridos por Carlo Bo, o de la universidad Católica de Padre Gemelli: un catolicismo aguerrido y fuerte de su inserción en la sociedad civil, más que heredero de los populares de don Sturzo.
Los sueños se desvanecieron pronto. En las elecciones políticas del 25 de mayo de 1958, afrontándolas junto a los republicanos de La Malfa, ni un radical entró en el Parlamento. En las administrativas del 1960 se tuvo algún buen éxito en Milán y en Roma. Pero al final de los años 50 (quizás también por el trauma del gobierno Tambroni y de los movimientos de Génova) se acentuó la atención y la espera por la “abertura a mano izquierda”, que habría llevado a la DC y al PSI a intentar la vía de un inédito centroizquierda. Tomaron fuerza los mitos de la programación democrática, tremolados de Riccardo Lombardi y de los entornos socialistas convencidos de poder superar las resistencias de la DC y los intereses conservadores. El centroizquierda nació a principios de los años 60 pero, por suerte, la programación democrática no despegó. El encuentro entre De y socialistas vino cada vez más perdiendo salto y fuerza, para ser al final triturado por la tenaza del compromiso histórico entre la DC y el PCI.
La génesis del pacifismo
El nacimiento y la afirmación de un partido de renovación laica, liberal y europea, habría podido ser una gran operación de profundidad modernizadora. Pero hacía falta una clase dirigente a la altura. Y faltó. En el 1961 estalló, pretestuoso, el caso Piccardi. El exponente radical fue puesto bajo acusación por la participación en un congreso antisemita tenido en Viena en los años 30, del que dio noticia Renzo De Felice. El ala moderada lo atacó, Ernesto Rossi lo defendió, por generosa inteligencia de las efectivas responsabilidades imputables al incauto joven.
Pero por entonces estaba ya bastante organizada la “Izquierda Radical” que hizo jefe a Pannella, contraria al centroizquierda y a la liquidación del partido. Cuando la crisis estalló, asumió, con sus amigos, la carga, sin solución de continuidad. Pannella había arrinconado desde hacía tiempo el prejuicio anticomunista indicándole a Togliatti, en un famoso artículo del 1959, la vía maestra de un unitario reformismo socialista. Mientras tanto elaboraba un anticlericalismo sobre el modelo del personalismo de “Esprit”, que se acercó al más tradicional, querido por Rossi o a Mauro Mellini. Sobre todo, Pannella insertó en el álveo del liberalismo una decisiva novedad sobre el plano teórico: más que apuntar a hacer “buenas leyes” para los “ciudadanos” según el modelo liberal clásico, hacía falta encaminar una relación integralmente nueva entre el individuo y las instituciones, retomando un esquema francamente libertario. La innovación presentó sus riesgos, por el evidente emerger en la sociedad italiana de una conflictividad política y social a cargo de violencia y potencialmente eversiva. Contra estos riesgos fue elaborada una forma moderna de “pacifismo”, abierta a las experiencias del internacionalismo antimilitarista de influencia americana, que se demostró un positivo instrumento de lucha del movimiento libertario: en el momento en que el individuo, llevando su acción directa a las plazas y calles, se enfrenta y se estrella con las instituciones, también declara su respeto hacia ellas y la ley. La estrategia pannelliana permitió a los novísimos radicales el conectar una ancha participación popular al patrimonio del partido nacido de las páginas del Mondo y de la sensibilidad civil de demócratas y socialistas no sectarios, no ideológicos. Los novísimos radicales estaban animados de una voluntad no sólo “reformista”, según alguno raído diccionario, sino concretamente proyectiva y reformadora. ¿Una advertencia, un estímulo para el hoy?
Il Foglio, 13 de diciembre de 2005
de Angiolo Bandinelli























