Caspa nacionalista

Nos ha traído el puente constitucional más caspa de la que un país moderno puede soportar. Una caspa nacionalista y profundamente reaccionaria que se torna amenazante, en las palabras del ministro de Defensa, tanto por el fondo y la forma de su discurso como por el delirante y provocador escenario elegido para pronuciar su encendido discurso: El Alcázar de Toledo. Todos los fantasmas del nacionalismo español reunidos en un tétrico escenario que es el de la vieja España. Esa España cañi, nacional-católica (por allí andaba, entre bayonetas, la esperpéntica y habitual –desde el 18 de julio del 36- representación castrense de la Santa Sede) y que alardea de su ejercito, para defender la sagrada unidad de la patria. Estamos instalados en una peligrosa espiral de alardes nacionalistas en la que compiten unos (Bono) y otros (Maragall) en defensa de su provinciano, discriminador (política lingüística) y estrecho concepto de “comunidad nacional”. La inmigración, el libre mercado y la anchura de miras de las nuevas generaciones probablemente pueda, al menos, sosegar a los abanderados de un patriotismo casposo y profundamente irracional del que nosotros, por cierto, nos encontramos muy lejos.

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