Hemeroteca / La perversión del proteccionismo “progresista”.

Por Josep Soler*

Intervención de Josep Soler Albertí en el acto de presentación de la Associació Radical Transnacional a Barcelona (2 de diciembre 2004, Ateneu Barcelonès)

Agradezco a la Associació Radical Transnacional a Barcelona (he de decir que la denominación, bien mirada, da incluso miedo!) que me haya dado la oportunidad de estos 5 minutos (de esta photo opportunity radical). Realmente no merezco estar aquí aunque he de reconocer que hace veintisiete años ya empecé (como el amigo Pont que hablará después) a tener contactos con Panella y el Partido Radical, y creamos un engendro, llamado Moviment de Crítica Radical (tampoco desmerece el nombre!) e incluso formé parte del partido un par de años hasta que la afortunadamente descontrolada burocracia del Partido Radical olvidó pasarme la cuota al cobro.

He de decir que de entre todos los ponentes y temas a presentar el que me han encomendado es el más antipático para la opinión pública, tan políticamente correcta, pero seguramente uno de los que, creo, tienen más relevancia en un grupo de mujeres y hombres (los activistas del Partido Radical) que se definen como liberales, liberistas y libertarios, y que trabajan por una radicalidad democrática basada en campañas e iniciativas que, pueden ser más o menos transcendentes, pero que no necesitan de ser ni populares ni populistas.

En una conferencia impartida en marzo del pasado año en El Cairo por la excomisaria europea y líder del Partido Radical Transnacional, Emma Bonino, dijo:

“Estoy entre los que creen que el mundo, hoy, necesita más globalización, pero que esta globalización –para ofrecer más oportunidades que en la actualidad y que no signifique sólo la supervivencia de los más dotados-, necesita ser mejor gobernada y más equilibrada. En otras palabras: tenemos que permitir un intercambio libre genuinamente global (no condicionado por el proteccionismo) y tiene que conseguir ir más allá del comercio i ser extendido a la gente, reforzando los derechos civiles, económicos y políticos.”

Y sigue Bonino…

“Estoy en desacuerdo con esta troupe viajera de las manifestaciones antiglobalizaciones y por diferentes motivos:

• No estoy de acuerdo con los que dicen que defienden los intereses de los agricultores pobres de la tierra cuando son, de hecho, los embajadores del proteccionismo de la agricultura europea.

• No estoy de acuerdo con los grupos católicos que se rebelan, correctamente, contra el escándalo de la pobreza mientras aseguran que los contraceptivos son un peligro más serio que el SIDA

• No estoy de acuerdo con los ecologistas de línea dura que dicen querer salvar el mundo de su autodestrucción y simultáneamente impiden alimentar a los malnutridos oponiéndose a la experimentación con organismos modificados genéticamente o impiden a la ciencia curar a los enfermos mediante la experimentación de la clonación celular por razones terapéuticas.

• No creo tampoco que los líderes de los países industrializados actuen de buena fe, cuando bendicen la globalización, pero no hacen nada por que los gobiernos de sus países destruyan las barreras proteccionistas, que estrangulan a los países en desarrollo”

Las palabras de Emma Bonino son aún tabú en la bienpensante ideología de etiqueta progresista pero profundamente reaccionaria que domina el panorama intelectual y político de nuestros países.

Querría, por remarcar más que por ampliar las palabras de Emma Bonino, incidir una poco más en esta perversión profunda del “proteccionismo progresista” dominante.

Evidentmente en 5 minutos no se puede hacer una disertación sobre tantas falsas quejas, y sobre todo tan hipócritas, que se oyen sobre el libre comercio, pero recordemos al menos que, entre otras cosas, se dice seriamente (¡creo!) que el libre comercio

• Amenaza con hacer desaparecer la industria y los puestos de trabajo de los países occidentales (sin tener en cuenta que el propio comercio internacional los ha generado aquí y en todas partes)

• El incremento de producción en países en desarrollo es deflación y depresión para nosotros (no creen, Marx sí creia, en la división del trabajo)

• Todo se basa en la explotación de los trabajadores del tercer mundo o en la destrucción del medio ambiente (evidentemente no en el trabajo ni en la voluntad libre de progresar)

• La OMC (Organización Mundial del Comercio) es antidemocrática y sirve a las multinacionales (ojalá que el funcionamiento de la OMC y sus resultados fuesen copiados por organizaciones internacionales que favorecieran la democracia, el Estado de Derecho y los derechos humanos)

• El libre comercio global ha de sustituirse por la localización (como contrario de la deslocalización) (y así condenásemos a tres cuartas partes de la humanidad a la miseria o a un desarrollo sólo incipiente)”

Etc, etc, etc.

Evidentmente no puedo referirme a todos ellos. Vamos pues a hablar sólo de un tema y de forma breve y, me perdonarán, de una forma una poco simplificada que, si tiene un matiz demagógico, queda compensado por la avalancha demagógica contraria: la perversión del proteccionismo progresista: comercio “justo” y no comercio “libre”

La corrección política actual afirma que no tenemos que comerciar con países que no tengan unas mínimas (las nuestras) condiciones laborales o que no tengan las regulaciones del medio ambiente que nosotros acabamos de descubrir. Es decir, que no hagan lo que se llama dumping social o dumping ecológico (que palabras tan llenas de maldad, ¿no?).

Partidos, sindicatos, empresas y otras organizaciones sociales occidentales hacen un coro sinfónico complaciente. Para los países en desarrollo (en muchas ocasiones no para sus gobiernos corruptos) se trata del viejo proteccionismo del siglo XIX con otra cara, y además con un repugnante tono de neocolonialismo por lo que implica de control de la su política y de su legislación.

De hecho, como Boutros-Galis dijo cuando era Ministro de Comercio de Egipto:

“Cuando nuestros trabajadores empiezan a ser competitivos, de repente los países industrializados se preocupan por su teórico bienestar. Es altamente sospechoso”.

Así, y contra lo que siempre damos por entendido, fueron las presiones americanas y europeas por exigir reglas occidentales a los países en desarrollo lo que bloqueó las conversaciones de Seattle. Fue la gran coalición de las macro empresas con intereses proteccionistas y de los manifestantes antiglobalización quienes hicieron y siguen haciendo fracasar el proceso de liberalización. Con el apoyo de fondos de muchos, de demasiados, ciudadanos desinformados, porque no quiero pensar que sean ciudadanos simplemente egoístas.

Y es por ello que podéis hacer una prueba: hablad de comercio libre en París o en cualquier pueblo y ciudad francesa y veréis como os tiran piedras. Hablad de comercio justo a los agricultores y recolectores de bananas de Centroamérica y sabrán perfectamente que sois, por ejemplo, unos aprovechados proteccionistas canarios que lucháis por continuar vendiendo los tísicos e insabóricos plátanos de las islas a cambio de mantenerlos a ellos en la miseria.

Uno de los detestables lugares comunes que se utilizan para impedir el libre comercio, y por tanto el crecimiento y, por qué no decirlo, la libertad de muchos países, es el de exigir sueldos justos para los trabajadores de países del tercer mundo. Parece una demanda más que razonable. El problema se encuentra en el que realmente entendemos por justo y, sobre todo, en el que realmente y en la práctica es posible.

De hecho, exigir sueldos más altos es, la mayoría de las veces, exigir que dejen de ser competitivos, no puedan exportar y, por tanto, renuncien a salir de la miseria.

La alternativa a salarios bajos no son, desgraciadamente y en la mayoría de las ocasiones, salarios altos, la alternativa es el paro.

De hecho, ya se les podría decir directamente:

“Sois demasiado pobres para comerciar con nosotros, volved cuando seáis ricos”

Pero el hecho es que no se pueden hacer ricos sin exportar.

Lo mismo podríamos decir de las condiciones ambientales (¡crecimiento sostenible!, a menudo un término que contiene, para los países en desarrollo una alta dosis de hipocresía) e incluso de los derechos de patentes, marcas y propiedad intelectual.

Qué patente estamos defendiendo cuando evitamos por ejemplo comprar este reloj –adquirido en el sudeste asiático-, tan bueno como uno auténtico, salvo que por el “derecho de patente o de marca” uno cuesta 3.000 € y este 10.

Y más importante, qué beneficios derivados de la investigación estamos defendiendo cuando en apoyo de las empresas farmacéuticas impedimos que los millones de afectados por el SIDA puedan recibir un tratamiento eficaz que, en cualquier caso, nunca podrán pagar.

En fin,….

Aquí, en Cataluña ahora todo gira en torno a la deslocalización. Se habla de ello para primero anunciar la inmediata catástrofe nacional en manos de las perversas multinacionales que se llevan las plantas de montaje (porque más no son) y se habla para anunciar pocos meses después que la “tendencia se ha enderezado”, lo que es, por otra parte y en las condiciones de este país, rigurosamente imposible si no se recurre a subvenciones que no harán más que retardar brevemente la pérdida de puestos de trabajo a corto término y, sobre todo, retardar la sustitución por actividades de mayor valor añadido y más adecuadas a nuestro entorno por la especialización internacional del trabajo.

Sólo puedo decir que de la misma manera que hemos dicho, y creo que debemos decir, que es imprescindible la abertura de nuestros mercados y acabar con este gueto perfumado y perezoso en el que hemos convertido a Europa, convendría que nos diésemos cuenta cuanto antes mejor que la respuesta al desarrollo (africano especialmente) es también aceptar una intensa y saludable deslocalización, y bien rápida. Entre otras razones más prácticas, como deber contraído cuando arrasamos nosotros mismos a otros países estas mismas actividades.

Gracias a todos ustedes y la bienvenida a la asociación radical de Barcelona.

Que por muchos años vaya regenerando los abandonados espacios de libertad de expresión. Si algún día eso se consigue, muchas otras torres caerán.

*Josep Soler es director de l’Institut d’Estudis Financers , vicepresidente de la Fundació Llibertad i Democràcia y miembro de la ejecutiva de la Internacional Liberal durante 15 años,

Leave a Reply