Nosotros los del Boca Juniors

Por Mario Vargas Llosa 

Boca JuniorsHace pocos días cayó en mis manos de casualidad un pequeño texto autobiográfico de un joven escritor peruano que se llama Iván Thays. Y me emocionó mucho leer una de las experiencias que él relata en esta autobiografía precoz. Cuenta Iván Thays que, cuando era niño, en su barrio, en Lima, en el colegio donde estudiaba, todos sus amigos y compañeros estaban divididos futbolísticamente hablando entre los hinchas del Universitario de deportes o del Alianza Lima, los dos equipos clásicos del futbol peruano. Él, sin saber bien por qué, decidió que no quería ser hincha ni de la “U” ni del Alianza Lima. Y decidió convertirse en hincha del Boca Juniors, que como ustedes saben es un equipo argentino, porteño, que allí, en Lima, Iván Thays no tenía la menor posibilidad de ver jugar. Tal vez de vez en cuando en televisión. A mí me emocionó mucho está decisión de este niño que se atrevió, de una manera instintiva, por rebeldía natural, o por un amor entrañable a la libertad, a desafiar una identidad colectiva tan profundamente arraigada en el Perú como la de ser de la “U” o del Alianza Lima. Yo creo que la actitud de Iván Thays es la actitud que conduce a la civilización, es decir, a los derechos humanos, a la coexistencia en la diversidad, a estados de derecho, a una legalidad democrática, que puede, si no erradicar la violencia en las relaciones humanas, reducirla a su mínima expresión. Porque creo que las identidades colectivas son, en un momento de la historia, inevitablemente fuente de incomunicación y de violencia.

Comparto la idea de Todorov de que no es posible eliminar la idea de identidad asociada al ser humano. El ser humano tiene una vocación de pertenencia. Necesita sentirse parte de un grupo en solidaridad con una cierta colectividad que lo asegura en el mundo. Pero si esta pertenencia a una colectividad resulta de una libre elección, entonces la noción misma de identidad queda descargada de buena parte de su peligrosidad recóndita . La realidad es que pocas culturas en la historia han conseguido evolucionar hacia ese estadio en el que los individuos pueden elegir libremente su identidad, optando, por ejemplo, por determinadas elecciones en contra de lo que es una vocación colectiva. Una de las buenas cosas, dentro de las muchas malas, que tiene la cultura de la que todos nosotros tomamos parte es que se han ido ampliando cada vez más los márgenes dentro de los cuales un individuo puede ir eligiendo su propia identidad y rechazando las imposiciones colectivas. Eso no da derecho a hablar mejor de nuestra cultura – la palabra superioridad entraña, inevitablemente, violencia – pero sí es uno de los atributos más positivos de la cultura de la que formamos parte, en la que, por supuesto, no han desaparecido de ninguna manera todavía aquellas imposiciones de tipo colectivo que quieren convertir la identidad, la pertenencia de un individuo, en una obligación, en una imposición, es decir, en un campo de concentración del que el individuo no puede escapar sin riesgo de ser insultado, ridiculizado, declarado traidor o, incluso, asesinado. Yo pertenezco, como ustedes saben, a un país donde, como en todos los países latinoamericanos, el tema de la identidad ha sido una presencia constante a lo largo de la historia y una fuente de indescriptibles atropellos y violencias por parte de quienes querían definir lo peruano como una identidad colectiva, es decir, como un campo de concentración. Siempre tuvieron dificultades enormes para definir qué es lo peruano sin dejar fuera de la definición a sectores muy importantes de la sociedad. Por ejemplo, el general Odría, un dictador que tuvimos entre 1948 y 1956, decidió que los chinos y los japoneses no eran peruanos. El problema es que había muchos chinos y japoneses avecindados en el Perú. Los chinos desde mediados del XIX y los japoneses desde fines del XIX. Pero como estas comunidades eran írritas a la idea que tenía la dictadura de la peruanidad, se dio una disposición, cobarde, clandestina, a los japoneses y a los chinos que salían del Perú: como se había establecido una visa para los nacionales, una vez que estaban en el extranjero, se les negaba el retorno al país y se los privaba del pasaporte. Se los dejaba por el mundo convertidos en parias. Una de las víctimas fue seguramente el mejor filósofo peruano: Víctor Li Carrillo, que estudió con Heidegger y a quien una muerte precoz privó de desarrollar una obra que se anunciaba como muy importante. Pues Li Carrillo quedó convertido en un paria en Alemania, donde estudiaba, por ser de origen chino, alguien que no cabía dentro de la noción de lo peruano de la dictadura del general Odría.

Durante la dictadura de Fujimori, el jefe de las fuerzas armadas, general Bari Hermoza, que dicho sea de paso, está preso ahora por haberse robado 19 millones de dólares aprovechando su cargo, decretó que yo no era peruano, porque me opuse a la guerra entre Perú y Ecuador. Una guerra que sirvió sobre todo para que gente como el general se llenara los bolsillos de dinero. Entonces declaró: “Vargas Llosa es un peruano por un mero accidente de la geografía”. Tenía una idea esencialista de la peruanidad. Para ser peruano había que identificarse con el Estado que encarnaba el señor Fujimori, el señor Montesinos y el susodicho general, y quienes no se identificaban con él no eran peruanos, o mejor dicho, no merecían ser peruanos.

Ser peruano es ser blanco, sí: hay muchos peruanos blancos, descendientes de europeos, de españoles, de franceses, de italianos, de alemanes. Ser peruano es ser indio, desde luego: hay muchos millones de peruanos descendientes de las culturas peruanas, indios quechuas, indios ayimaras, o indios de las muchas comunidades indígenas de la Amazonía. Pero, ser peruano es también ser negro: con los españoles llegaron al Perú, desde el primer momento de la conquista, muchos africanos, que luego arraigaron en el Perú, que tienen descendientes y cuya presencia además ha marcado proundamente la cultura peruana. Hay los chinos, los japoneses, hay los blancos, los negros, hay los indios y hay sobre todo ese abanico riquísimo de mestizajes entres todas estas razas. Un abanico que, durante la colonia, muy preocupados por el tema de la raza, se trató de clasificar en una nomenclatura que hoy día leemos con verdadero humor porque en sus clasificaciones llegaban, por ejemplo, a un extremo, a un producto de todas las mezclas concebibles al que los clasificadores coloniales bautizaron como el no te entiendo. Para mí, esa es la mejor definición de lo peruano: el no te entiendo. Los peruanos somos todos, los peruanos son todas las razas, son todas las tradiciones, son muchas culturas muy diferentes una de otra, obligadas por la historia a convivir dentro de esta compleja, contradictoria, violenta realidad. Para muchos en el Perú eso ha sido un problema. Para mí es más bien la mejor credencial de la sociedad peruana: somos todos y, por lo tanto, cualquier intento de definir una identidad colectiva en el Perú es falaz, es arbitraria, es imposible. ¿Significa eso que los peruanos carecemos de identidad? No. Significa que tenemos la identidad del no te entiendo. Somos lo que deseemos ser. Podemos elegir y mientras la sociedad peruana evolucione más y más hacia un estado de cosas en el que todos los peruanos, no sólo una minoría, pueda realmente decidir libremente qué es lo que quiere ser, cuál va a ser su identidad, estaremos más cerca de eso que he llamado “la civilización.

Quisiera de todas maneras hacer una pequeña atingencia. Las identidades colectivas para mí son una fuente de violencia e inevitablemente una imposición sobre un individuo al que no se deja escapatoria, al que se priva de la más importante de las libertades, la libertad de elección. Para un etarra ser vasco es ser independentista y, además, una variante muy específica del independentismo. Y el que no se ajusta, o no es vasco o es un mal vasco. Es alguien que por haber huído de esas alambradas puede ser satanizado, perseguido, acusado, en fin. Pero qué ocurre por ejemplo con esos peruanos que pertenecen a esas pequeñas comunidades amazónicas: los huambisas, los huitotos, los machinguengas; hay por lo menos cuarenta comunidades, algunas muy pequeñas, desparramadas por la Amazonía. Allí, quienes pertenecen a estas comunidades no tienen ni la más mínima posibilidad de elegir libremente su identidad. Un machiguenga está obligado a identificarse totalmente con su tribu, con su comunidad, si quiere sobrevivir. Apartarse de la comunidad, diferenciarse de la comunidad, es como condenarse inevitablemente a la desaparición dentro de un contexto en el que un peruano primitivo, que vive en un mundo mágico-religioso, no está en condiciones de resistir la tremenda presión, la terrible fuerza, de la modernidad. Entonces, el estadio de evolución en que se encuentran gran parte de esas comunidades primitivas, la identidad colectiva, por más que implique una pérdida radical de la libertad individual es la única tabla de salvación para que esas comunidades no desaparezcan. Ahí se nivela el desarrollo: las identidades colectivas no pueden ser drásticamente condenadas y rechazadas, porque si son rechazadas pagan un precio terrible: el precio de la desintegración. Y nosotros no tenemos derecho , si creemos en los derechos humanos, a decretar que las culturas débiles y pequeñas deben desaparecer.

¿Cuál es entonces la solución? Hay una solución a este problema. Debería haber una solución, pero hasta ahora, ninguna sociedad la ha encontrado. Ninguna sociedad ha sido capaz, hasta el presente, de crear un sistema dentro del cual la modernidad pueda coexistir democráticamente con esas culturas primitivas, mágico-religiosas, sin absorberlas y desintegrarlas. Para mí es uno de los grandes desafíos de este siglo que comienza tan traumáticamente. Porque el caso del Perú es el caso de muchísimas sociedades en el mundo, donde la modernidad coexiste con comunidades primitivas en un estado de la evolución dentro del cual la identidad colectiva es inevitable y, en cierto modo, positiva, porque es la única garantía de supervivencia de esa cultura o de ese grupo como tal. Es extremadamente delicado lo que digo porque es verdad que eso puede ser reivindicado el día de mañana o pasado mañana como esa movilización de tipo identitario que tan bien ha descrito – y tan justamente, en términos críticos – Jon Juaristi. Desde luego que la palabra identidad sólo tiene un sentido positivo entendida a nivel individual. Un intento de imponer identidades colectivas en sociedades que han alcanzado un nivel de civilización donde se puede hablar de democracia, de derechos humanos y de soberanía individual, es un atropello innegable a la dignidad humana. Pero hay un límite que es difícil de fijar, y ese límite es justamente el de aquellos seres humanos que por razones muy diversas están viviendo en una condiciones de tremenda inferioridad social, económica, cultural, respecto a lo que podríamos llamar las grandes culturas o culturas modernas; unas culturas dotadas de una fuerza tal que la coexistencia de ellas con las pequeñas culturas resulta literalmente imposible. Y creo que, si uno escarba, todas las sociedades, aquellas que vistas desde una cierta distancia nos dan la idea de la homogeneidad, de haber alcanzado, en términos más o menos equivalentes, una igualdad que permite a los individuos optar libremente por lo que quieren ser, vamos a ir encontrando diferencias; diferencias que tienen que ver con la región, con la geografía, con las constumbres, con las lenguas. Y, en última instancia, con el sentir, la predisposición y la vocación de los individuos. ¿Cuál es el sistema que puede acercar más a esas sociedades a la civilización, es decir a ese pluralismo, a esa coexistencia en la diversidad, donde los derechos humanos sean respetados y donde la legalidad dé al individuo un margen muy amplio de autonomía para elegir su propia vida? Yo creo que ese problema no está resuelto, es un problema que pende sobre nuestras cabezas como una espada de Damocles y que, mientras no seamos capaces de resolverlo, es decir, creando un sistema que concilie la justicia con la libertad, vamos a seguir expuestos a que esa famosa identidad colectiva, que muchos muy ingenuamente creían ya superada, nos salte a los ojos en episodios tan terribles, tan violentos, como el de las Torres Gemelas de Wall Street o la guerra que estamos viviendo hoy día en Afganistán. Todorov decía una frase que me parece muy valiosa: la pérdida de la identidad es imposible y además no es deseable. Yo estoy de acuerdo con él, a condición de esta nota a pie de página: la identidad, en un sentido esencialista, es inaceptable en todos los casos, venga impuesta en nombre de la religión, de la ideología, de la raza, de cualquier factor colectivo. Pero cuando la identidad no es esencia, sino es una existencia, algo sometido a la evolución, al cambio, a la modificación y a la rectificación, la identidad es una de las manifestaciones de libre albedrío, es decir de la libertad humana. Es una diferencia que puede parecer ser sutil, artificial, pero creo que en esa diferencia está los que distancia a la convivencia de los seres humanos dentro de la diversidad o la violencia terrorista del fanático religioso, del fanático ideológico, o simplemente del fanático a secas.

Finalmente, para responder a la observación de Enrique Krauze. La diferencia que hacía Orwell entre nacionalismo y patriotismo hay que situarla dentro del contexto en el que él escribió ese libro, El león y el unicornio. Lo escribió en plena guerra, cuando Inglaterra, recordemos, resistía prácticamente sola el avance del fascismo que había conquistado ya tres cuartos de Europa, y donde la libertad, la civilización, dependía, en cierta forma, del coraje y del heroismo del pueblo británico. Ese contexto es fundamental para explicar esa exaltación del patriotismo que aparece en ese ensayo de Orwell, un escritor al que admiro sin reservas. Dicho esto, a mí esa distinción no me convence. Creo que esas fronteras que él establece entre nacionalismo y patriotismo muy fácilmente se confunden. Los nacionalistas se creen patriotas, y un patriotismo exaltado inevitablemente empuja, arrastra, hacia las canteras nacionalistas. Yo creo que el amor a la tierra en la que uno nació, a la lengua en la que se expresa o a las coordenadas dentro de las cuales se formó su personalidad puede ser positivo sin ninguna duda, pero toda forma de identificación con un colectivo al que tarde o temprano convertimos en un valor es inevitablemente aceptar esa identidad colectiva que sólo puede existir frente a las de otros, contra las de otros, como un valor frente a otros valores. Y por eso creo que es bastante justo ese poema que escribió Pablo Neruda cuando era joven diciendo que la palabra patriotismo es una palabra triste, como relojería y ascensor.

3 Responses to “Nosotros los del Boca Juniors”

  1. lib Says:

    Muy centroizquierdistas os veo. Me alegro. :-)

  2. lib Says:

    Lo decía, sobre todo, por el post de vuestros vínculos con el Partido Demócrata.

  3. santiago Says:

    hola!!! club que grande que son los felicito por yegar a la final ,ah mandale saludos a mauricio caranta y a palermo . tambien a todos los jugadores gracias por tar en la final chauu

Leave a Reply