Redención a la fuerza
La federación de mujeres socialistas quiere abolir la prostitución

Tratar de hacer desaparecer la prostitución es fin muy respetable. Todas las iniciativas para ofrecer alternativas a las personas que se dedican a esta actividad tienen que ser bienvenidas. Del mismo modo hay que endurecer la ley para evitar el tráfico de blancas, la pedofilia y la prostitución forzosa, labor ésta que debe emprender el Estado con toda energía.
Sin embargo no resulta legítimo tratar de “redimir” a la fuerza a quienes se prostituyen, prohibiendo su forma de vida y ejerciendo un control policial sobre su conducta sexual. Este tipo de paternalismo supone un desprecio hacia estas personas, a las que se supone incapaces de tomar decisiones. Según esta postura autoritaria, quien no sigue las normas sexuales establecidas no tiene derecho a elegir, y debe someterse a quienes son moralmente superiores. Y si no acata las órdenes de los nuevos puritanos, la fuerza de las armas lo evitará. Este tipo de planteamientos es propio del fanatismo, antes religioso y ahora estatalista. Todas las relaciones consentidas entre adultos son lícitas, aunque medie el pago de dinero. Y no deben impedirse por la fuerza, aunque resulten moralmente reprobables. Considerar incapaz a una de las partes es un insulto.
La idea de que la policía debe investigar la naturaleza de nuestras relaciones sexuales consentidas es monstruosa. ¿Cómo distinguir a quien se prostituye y a su cliente? ¿Cómo es posible demostrar que media pago, si todo transcurre en un domicilio privado? Desaparecerían todas las garantías propias de una democracia, y se acabaría juzgando a las personas por la forma de vestir, su origen o su apariencia.
No debemos olvidar que la intervención liberticida del Estado favorece que prolifere la prostitución, al prohibir las drogas y la inmigración legal. Buena parte de las prostitutas son adictas a la heroína o a la cocaína, y ejercen para poder pagarse una dosis encarecida por la persecución policial. La legalización les haría más fácil llevar otra forma de vida.
Las barreas que el Estado impone a la libre circulación de personas son otra de las causas de la prostitución. Los países europeos niegan sistemáticamente los visados a las mujeres que quieren venir a trabajar legalmente, aún cuando hay empresarios dispuestos a contratar. La alternativa al cónsul es el proxeneta, que utiliza sus contactos mafiosos para introducir a las personas ilegalmente, y explotarlas en el sector informal. La obsesión estatalista por frenar los flujos de inmigrantes deja a millones de personas en manos de los traficantes de blancas.
Animamos a quienes quieren acabar con la prostitución a pedir la legalización de las drogas y la apertura de las fronteras a la inmigración libre. Y a no caer en la tentación de convertir al Estado en el guardián de las moral sexual. Desgraciadamente ya hay voluntarias para realizar esta tarea. La Federación de Mujeres Progresistas, vinculada al poder socialista, ya ha comenzado.























