Reseña de Prensa / El PaÃs
Sin dios
ELVIRA LINDO
Los que andamos por la vida sin estar seguros de nada no encajamos en el mundo cerrado de las ideologÃas. Eso nos hace estar solos, sin partido, sin fe, sin camarilla, sin grupo de presión, sin lobby, sin dios, sin los tuyos, sin los suyos, sin perrito que nos ladre, sin nadie, a la intemperie. Esa soledad a la que te arroja la duda permanente hace que se tambaleen hasta las pocas cosas que tienes claras. Esta semana, columnistas, diplomáticos y expertos cargados de razones históricas y de una abrumadora documentación escribieron sobre el mal gusto de las dichosas viñetas. Alguno llegó a decir que tan temibles son los fanáticos de la libertad como los fanáticos religiosos, alguno llegó a etiquetar a los que manifestaron su defensa de los valores democráticos como arrogantes, soberbios, derechistas, racistas y no se sabe cuántos adjetivos más para anular al contrario. Pero no hay sólo un tipo de contrario, ésa es la mentira. Entre los que han defendido estos dÃas la libertad de expresión los hay conservadores y ultraconservadores, pero también progresistas, los hay ateos pero también creyentes, los hay de su padre y de su madre. Da la impresión, además, de que para reforzar los argumentos multiculturales los expertos siempre han de remontarse al siglo XII y abrumar con datos, como si buscaran vencer al contrario sepultándole bajo una avalancha confusa de sabidurÃa. El efecto para un enfermo de dudas tras digerir esas densas piezas periodÃsticas es: ¿será verdad que mi soberbia occidental no me deja ver con claridad lo que deberÃa ser un respeto obligado?
Fue entonces cuando apareció el sábado como un milagro de lucidez el discurso que Ayaan Hirsi Ali, diputada holandesa de origen somalÃ, pronunció en BerlÃn. Ella no habla de oÃdas, habla de lo que ha padecido, de su vida amenazada, de lo que es ser mujer en un entorno en el que la voluntad femenina (que también es libertad de expresión) no vale nada, habla de la necesidad de defender esos derechos sagrados, sÃ, sagrados, que un paÃs europeo le ha concedido. Claro que entendemos el difÃcil equilibrio del mundo, pero, dÃganme, qué hacemos con esta mujer, con esta disidente de su propia religión, qué hacemos con las mujeres firmemente decididas a apoyar a esas otras que conviven con nosotros pero que están anuladas. ¿Hay que remontarse al siglo XII para responder a esta pregunta?























