Sobre la pena de muerte para Saddam

5 de noviembre de 2006.

Con espanto nos hemos enterado hoy de que el nuevo régimen iraquí, que se suponía inspirado por la intervención occidental, ha condenado a muerte al ex dictador Saddam Hussein. Si sobre esas bases se va asentar el nuevo poder de Bagdad vamos mal. La pena de muerte debería figurar entre las primeras aberraciones descartadas de todo sistema político emergido de una intervención de Occidente. La sentencia coloca aún más interrogantes sobre la oportunidad y conveniencia de la intervención en Iraq. No había armas de destrucción masiva y se sabía desde el principio que el pretexto era burdo. Era necesario echar a Saddam del poder, sí, pero no al precio que estamos pagando. Es importante que el control de los recursos energéticos del mundo no quede en manos de regímenes como el de Saddam, ni en manos de un nuevo y emergente bloque antioccidental asociado a Rusia. Así se nos debía haber “vendido” el asunto, sin tapujos. Y la contrapartida es crear sistemas de corte occidental que lleven realmente libertades civiles y derechos humanos a todos los rincones. La globalización será occidentalizadora o no será. Sus enemigos ganan una batalla cada vez que Occidente titubea, pero tampoco podemos hacer las cosas como se han hecho. La condena a muerte de Saddam es una salvajada más en un país devastado, y un indicio más de que Occidente, teniendo razón, la pierde por falta de finura en la manera de hacer las cosas. Qué desastre.

Juan Pina

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